Esculpir para vivir

Actualizado: 29 jun 2021
Autora: Nathalia Galeano Builes

Dicen que del arte no se vive…
Marcos, simplemente Marcos. Es un artista que expone sus esculturas en la avenida 70 de Medellín, sitio en el que también las fabrica. Ha llevado una vida de rebeldía y libertad.
Nació en una vereda de los Llanos Orientales en una familia campesina y muy religiosa. Este no era el lugar para Marcos, siempre fue la oveja negra de la granja. A los ocho años se fue para Popayán, cansado de trabajar en el campo. Allí lo adoptó una familia dedicada al arte, donde aprendió casi todo lo que sabe. Le enseñaron a esculpir, tallar y pintar.
Vivió en Popayán hasta los 16 años, cuando fue reclutado para el ejército. “Me fui al ejército 5 años, fui un soldado muy loco”. Nunca dejó la idea de que lo que quería hacer era arte. Mientras estaba en el monte, solo deseaba comprar un perro bóxer, ponerse mochos, medias largas, playeras, ser libre y poder saltar en su tabla de skate.
Estando bajo las estrictas normas del ejército, pensó que lo mejor era tomar un nuevo rumbo, mudarse a una nueva ciudad. “Soy campesino, soy montañero y soy un soldado, ¿Qué hago?”. No quería volver a Popayán, entonces se fue para Bogotá.
Conoció un nuevo mundo. A pesar de no tenerle miedo a nada, pues sus años en el ejército le habían enseñado a defenderse, le costó mucho adaptarse a las calles inundadas de personas, a la contaminación de los carros y la rutina de la ciudad.
Todos los días recorría un sitio diferente de la capital, mientras tanto vivía de la venta de pequeñas flores, hechas en porcelanicrón, hasta que encontró un lugar donde asentarse, frente a la Institución Educativa Tadeo Lozano.
Nunca se imaginó una vida junto a otra persona, pero como el amor llega sin avisar, una estudiante del Tadeo Lozano, le robó el corazón. “Una chica hermosa, muy intelectual, sabia y que no tenía malos vicios”. Fue un amor a primera vista, fugaz y efímero. Se conocieron cuando Marcos tenía 23 años y en cuestión de ocho meses ya estaban casados. A pesar de que los padres de la “nena” estaban en contra, corrieron con todos los gastos de la boda, les consiguieron apartamento y les ayudaban con el sostenimiento de este. “Ella estaba encaprichada conmigo y yo con ella”.
Fueron dos años donde la “nena” le daba todo y él hacía su arte, sus esculturas y las vendía para ayudar en algunas cosas de la casa. Sin embargo, pasados dos años “una mala mujer llegó a interponerse en este amor”. Marcos dejó todo en Bogotá para irse a Medellín detrás de ella. Esa nueva relación no dio frutos y el artista se quedó sin el pan y sin el queso.
Después de perder a la mujer de su vida y las comodidades que tenía en Bogotá, Marcos se vio obligado a empezar una vida nueva. Se quedó en Medellín y se instaló en la 70. Allí, a la sombra de un árbol, moldea y vende figuras religiosas renacentistas a los transeúntes que caminan por la acera de la avenida. Contradictorio a esto afirma que “yo realmente no creo en Dios, ni en nada”.
El artista tiene muy claro lo qué es y no le gusta que lo llamen “artesano, hippie, loco, crazy, demente, esquizofrénico”. Vive orgulloso de lo que hace y le basta la compañía de sus libros del medioevo, su tabla de skate y su “bareto”.
Ahora que tiene una nueva vida, cuenta su historia de amor con nostalgia, pero lleva un mensaje claro para el mundo “cuando tengas una persona buena, nunca le vayas a hacer daño, no la dejes por otra más bonita”.



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