La revolución de las cosas pequeñas

Las redes sociales y las historias de éxito cortadas y pegadas nos hacen creer que los caminos son en línea recta, que cuando encontramos algo que nos gusta, hemos encontrado todas las respuestas, que a los treinta ya tenemos que tener la vida resuelta. Es más, apenas nos graduamos de la universidad estamos listos para ser “adultos” y lo peor es que ser adultos parece sinónimo de no poder cambiar de opinión, ni de sueños, ni de expectativas.
Por eso nos llena de miedo el fracaso, que algo salga mal, cambiar de hobbie, de trabajo, de pareja, incluso de ideas. Es como si graduarnos o pasar ciertos umbrales de edad o de logros implicara que somos seres sin posibilidad de cambio, o incluso mejoría. Entonces vamos por la calle justificando nuestros errores con “es que yo soy así” y ocultando nuestros miedos en responsabilidades impuestas desde afuera, aplazando nuestros sueños por temor a fracasar.
A lo mejor falta pasar por las crisis para saber que no son tan malas. O, tal vez, estar obligados a los cambios, perder algunas certezas para hacernos las preguntas correctas, saber que siempre podemos mejorar, cambiar un poco e incluso modificar el rumbo completo de nuestra vida, sea lo que nos falta para estar en el lugar correcto, así en unos años vuelva a cambiar.
Jesús David López, también conocido como Chemo, transmite eso. Paradójicamente, su historia de fracaso se convirtió en su historia de éxito, en la posibilidad de encontrar su camino y su proyecto de vida. Dicen que cuando tocamos fondo, es cuando más dispuestos estamos a grandes cambios. Chemo era profesor de barismo y empresario en la ciudad. “Le tenía temor al fracaso, ese mismo reconocimiento y el estatus en el café (…) Tenía miedo a perder lo que había construido y fue lo que me pasó”, relata mientras habla de la quiebra, de cómo la marca de experiencias alrededor de café, construida con otros dos amigos no salió como esperaba.

Esto significó perderlo todo, incluyendo a grandes amigos, pero en lugar de quedarse ahí, decidió salir adelante. Transitó los días más difíciles para salir al otro lado con un propósito de vida. Mientras habla, parece con los ojos aguados, se emociona, su historia emociona, es un testimonio vivo del éxito a pesar del contexto, pero también de los obstáculos y de las dudas.
“Yo nací y crecí en el barrio Caribe, que hace parte de la comuna Nororiental en Manizales. Es una comuna de 65.000 habitantes, pero parece una ciudad aparte; los chicos ni siquiera salen de su sector. Sin embargo, mi madre me dio una muy buena formación. A pesar de que era un adolescente rebelde y vivía en escenarios muy complejos, nunca me acolitó nada. Ella tenía mucha ética y era muy correcta, eso siempre estuvo en mí. Cada que la embarraba, me reprochaba y eso me impulsó a evolucionar todo el tiempo. Ella siempre me insistía que estudiara”.
Continúa la historia hablando de su paso por el SENA; de sus maestros, las exigencias; de su llegada fortuita a Mesa y Bar; de cómo se enamoró del barismo y de la coctelería. Dice que servir a otros está en sus venas. En el 2016, junto con otros dos instructores, crearon la marca Lienzo, varias tiendas a nivel nacional de experiencias de café. Al final menciona cómo después de alcanzar lo que muchos llamarían éxito, todo se derrumbó.
“Me di cuenta de que el entorno económico cambió nuestras personalidades. Eso nos desvió. La vorágine económica nos hizo perder la sensibilidad por muchas cosas. Pero cuando uno está en el desierto, uno se da cuenta de que hay un ser superior, de que hay que limpiar el corazón de muchas cargas que no son necesarias. Eso te transforma porque cambia tu forma de relacionarte, de entenderte.
«Después de la quiebra, esa vueltacanela empresarial y después de la crisis, dije “no, cambiemos el proyecto de vida, por el propósito de vida de entregarle algo a la comunidad y poder servirles”. Comencé con el turismo y me di cuenta, a través de los referentes, que podía involucrar a la comunidad en un ejercicio económico que generara bienestar, algo integral que nos permitiera darles a estas personas herramientas de vida para que pudieran tomar buenas decisiones, porque no se trata de que no tengan oportunidades, las tienen, pero no han tenido “el espaldarazo”, la posibilidad de canalizarse. Incluso la institucionalidad los ha olvidado”, sigue hablando emocionado.
Cuenta cómo los trabajos con las barras de fútbol y una formación inicial en café y coctelería se transformaron en un proyecto multidimensional que incluye, además, reconocer a portadores de tradición, preservar una reserva ecológica y explorar la historia de Caldas. Logró integrar sus conocimientos, su proyecto empresarial y su aporte a la comunidad en el Tour de la Cinco, una ruta turística por la comuna que envuelve los cinco sentidos, además de coctelería de folclor, una de sus grandes pasiones.
Empero, “sacar un chico de un contexto de estos no es con barismo, (…) Hay muchos que desisten. Es un reto personal. Pero también necesitamos de la institucionalidad, de psicólogos y psiquiatras. Hay temas familiares muy marcados que los llevan a heredar ciertas cadenas. Pero si uno descubre con ellos algo que les apasiona, por ahí se meten, se entregan y confían (…) Así fue como empezamos a trabajar el Tour de la Cinco”, relata.
Entonces, aunque parezca que ha alcanzado el éxito otra vez, también hay días difíciles, otros con dudas y otros donde parece que la cosa no avanza como él quisiera. Pero de eso también se trata su propia evolución, de entender que es un proceso constante.

“Pienso que hay que creer en lo que no se ve. Tener la fe y la convicción de que los temas van a cambiar, de que también como seres humanos tenemos que cambiar nosotros. Somos muy hipócritas y no nos autoevaluamos. Hay que empezar con la revolución interna. Más que quejarnos es evaluar qué estamos ofreciendo para que esto se transforme. Cuando seamos más conscientes de lo que puede estar sintiendo el otro, de lo que podemos dar por el otro, posiblemente vamos a transformar esto, pero no podemos perder la esperanza. De pronto este es el momento en el que como sociedad caigamos en cuenta de que debemos mejorar”.
“Hoy soy un ejemplo para estos chicos. Mira, le tenía temor al fracaso, pero logré salir adelante. Muchos me conocieron en mis épocas difíciles y vieron que aprovechando las oportunidades, a través del esfuerzo, pude cambiar. Por eso me creen. Yo trato de mejorar todos los días. Me analizo y digo: ´ok, esta no es la forma de hablar´, soy irascible, muy acelerado y he tratado de cambiar y uno siente la paz. Eso se refleja”.
Continúa contando. Y quien está junto a él, puede dar testimonio de cómo le brillan los ojos con esperanza, de cómo se apasiona por su proyecto. De cómo ha gestionado talleres, recursos y apoyos. Habla con convicción de eso que cuenta.
“Mis miedos ahora se basan en despertarme y no sentir ganas de mejorar, perder la sensibilidad frente a lo que podemos entregar, o convertirme en un personaje que solo piense en la posición social”.
“Por eso baso mis días en poder ser buen ser humano y ser servicial. A pesar de que solo vivo con lo necesario, vivo tranquilo y con la ilusión de que esto se detone y sea un referente. Ver el resultado en las personas que hacen el tour luego de que uno les comparte un coctel y les cuenta la historia. Ver que conectan ese valor en ellos y que los lleva a sus recuerdos. Eso me eriza la piel”, concluye.



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