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Niágara, Nueva York

Foto del escritor: Somos NN
Somos NN
3 feb 2021
2 min de lectura

Actualizado: 29 jun 2021

Autora: Nathalia Galeano Builes





Una ciudad norteamericana donde no hay Mc Donald´s ni Burger King que salven a los turistas de la comida cara de restaurante de hotel. El sonido de las Cataratas que pareciera siempre estar empezando y no tener fin, continuo y siempre imponente. Así es como suena Niágara. De calles solitarias y oscuras, celosas de las Cataratas, que se roban todas las miradas.

Las Cataratas del Niágara, como todo sitio turístico, están rodeadas de viajeros con cámaras, principalmente chinos. Más allá de los senderos cercanos a las Cataratas, la ciudad de Niagara, no tiene vida nocturna; solo un casino con luces de neón, que resalta sobre los edificios y llama la atención.

El barco

Una mujer robusta de unos 50 años, de cabello blanco y ojos azules, escondidos tras unas gafas de marco negro, señala con sus brazos la taquilla disponible para comprar los tiquetes. Diecinueve dólares con cincuenta centavos fueron el pago para poder cruzar los torniquetes que separaban la zona de compra del mirador.

El Maid of the Mist o “El barquito”, como lo llamo yo, es la principal atracción que ofrecen en la visita y, que, sin lugar a dudas, es la experiencia que hace sentir la verdadera furia de las Cataratas del Niágara. El barco se puede tomar tanto de la frontera de Canadá como del lado de Estados Unidos. Sale uno de Ontario y apenas este termina el recorrido, parte otro de Nueva York.

Luego de cruzar los torniquetes hay que caminar hasta un ascensor que demora unos veinte segundos descendiendo los cincuenta metros de altura hasta la base del lago Niágara. Al salir del elevador sigue el recorrido por una rampa hasta una primera estación, donde el personal de la atracción recibe el tiquete y entrega un plástico para cubrir todo el cuerpo y desea un feliz viaje. Más adelante, un joven indica que se debe seguir por ese camino. Al final del laberinto se encuentra el barco detenido cerca de la orilla.


Maid of the Mist

El barco navega. El estruendoso sonido del agua cayendo violentamente se va haciendo más fuerte y los ojos van perdiendo la capacidad de mantenerse abiertos. Hay agua en el bote, en las gafas, en las cámaras, todo está mojado. Pasamos bajo el arcoíris y el deseo de tomar una hermosa foto hace que todo el mundo se mueva apresuradamente, de un lado a otro buscando un ángulo perfecto. Los ojos apenas se pueden abrir para manipular la cámara e incluso para posar con el arcoíris y las Cataratas del Niágara de fondo.

Pasamos la primera y vuelve de nuevo la calma por unos minutos, mientras llegamos a la otra, más grande.

Nuevamente el barco se acerca a la caída libre de agua y el ruido no permite ni escuchar claramente lo que se comenta en el barco. Es momento de abrir los brazos, cerrar los ojos y abrazar el universo. Cinco minutos de libertad, de desnudez y catarsis. Las gotas caen sobre mi cara y me tocan el ser, pero el momento es fugaz y desgraciadamente hay que regresar. Nos devolvemos lentamente hasta la orilla, todos en silencio y siendo más libres, más humanos.


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